Thursday, September 27, 2007

SOÑÉ CONTIGO ESTA NOCHE

Soñé contigo esta noche:
Te desfallecías de mil maneras
Y murmurabas tantas cosas...

Y yo, así como se saborea una fruta
Te besaba con toda la boca
Un poco por todas partes, monte, valle, llanura.

Era de una elasticidad,
De un resorte verdaderamente admirable:
Dios... ¡Qué aliento y qué cintura!

Y tú, querida, por tu parte,
Qué cintura, qué aliento y
Qué elasticidad de gacela...

Al despertar fue, en tus brazos,
Pero más aguda y más perfecta,
¡Exactamente la misma fiesta!




Versión de Víctor M. Londoño

Tuesday, September 25, 2007

Los amantes

¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos ?
Ellos se toman de la mano: algo habla
entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.

Son los amantes, su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.

Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.


Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos.


Julio Cortázar

Tuesday, September 04, 2007

Las Tinieblas

He tenido un sueño que no era del todo un sueño. El brillante sol se extinguía; las estrellas, privadas de sus radiaciones, erraban al azar en la oscuridad por el eterno espacio; la tierra helada, y como ciega por la ausencia de la luna, permanecía suspendida en una atmósfera tenebrosa.

Venía la mañana, huía y tornaba a venir, pero sin que trajese con ella el día. Olvidaron los hombres sus pasiones en el terror de esta universal desolación; todos los corazones, poseídos por el frío egoísmo, solo alimentaban un deseo, el de la luz. Encendíanse fuegos por doquier para refugiarse en su claridad; los tronos y los palacios de los reyes, las cabañas y todas las habitaciones sirvieron, quemadas, para señales. Fueron las ciudades presa del incendio, y los hombres se reunían en grupos en torno de sus abrasados techos para verse una vez siquiera.

¡Dichosos los que vivían próximos a la amenazadora antorcha de los volcanes!

Una sola esperanza turbada por temores era lo que animaba al mundo. Se habían incendiado las selvas, pero de hora en hora se consumían reducendose a cenizas; los troncos de los árboles se extinguían con postrer chasquido y todo volvía a las tinieblas; sus moribundas llamas arrojaban pasajeros reflejos sobre la frente de ls hombres y les daban aspecto extraordinario.

Prosternábanse unos ocultando el rostro y vertiendo lágrimas; otros apoyaban el rostro en sus manos cruzadas tratando de sonreír; la mayor parte corrían de acá para allá buscando con que alimentar las fúnebres hogueras; vovían la inquieta y extraviada vista hacia el sombrío manto de los cielos convertido en montaja extendida sobre el espectro del mundo, y después se precipitaban en el polvo rechinando los dientes y lanzando aullidos y blasfemias. las aves de rapiña hacían oír horribles gritos, voltijeando espantadas sobre la tierra e hiriendo el aire con inutiles alas. Los animales más feroces tornábanse tímidos y medrosos; las vívoras se arrastraban enlazándose a los hombres, silbaban aún, pero olvidaban su venenoso dardo . Se les daba muerte para alimentarse de ellos, y bien pronto, la guerra, que había cesado un momento, desperto nuevos furores. Cómprase el alimento a costa de sangre, y cada cual ocúltase para devorar su presa. Nada de amor, sólo un pensamiento reinaba en la tierra, el pensamiento de muerte, de una muerte próxima y sin gloria; las torturas del hambre desgarraban todas las entrañas; morían los hombres y sus hueos y sus carnes quedaban sin sepultura.

Los moribundos extenuados eran devorados por los moribundos. Los perros atacaban a sus amos, excepto uno solo que permaneció fiel al cadáver del suyo: defendiólo contra las aves de presa, los animales y los hombres hambrientos, hasta que el hambre le hizo sucumbir; el perro no buscaba alimento, pero lanzaba lamentables y continuos gritos; murió lamiendo la mano que no podía ya acariciarle.

Poco a poco el hambre despobló el mundo; sólo sobrevivieron dos habitantes de una gran ciudad; eran enemigos. Encontráronse cerca de las expirantes brasas de un altar sobre el cual estaban amontonados objetos sagrados que se destinaban a usos profanos. Levantaron temblando las cenizas aún calientes con sus manos descarnadas; intentaron con su debíl aliento producir un poco de fuego y lució una llama vacilante; levantaron sus ojos, se vieron, lanzaron un grito y murieron de espanto de su mutua fealdad, viendo cada uno en el rostro del otro la imagen del espectro impresa por la muerte.

Convirtióse el mundo en inmenso vacío; las ciudades, las comarcas florecientes y populosas, sólo formaron confusa masa, sin verdor, sin hombres, sin vida, caos de la muerte inmóvil. Los ríos, los lagos, el Océano, estaban en calma y mudos; nada turbaba el silencio de sus profundidades; las naves, sin marineros, pudríanse sobre el mar; caían a pedazos mástiles, pero sin levantar con su caída las adormidas olas. Las muertas ondas yacían como en una tumba: la luna, que presidía en otro tiempo a su regular movimiento, ya no existía. Los vientos callaban en la estancada atmósfera, las nubes se habían desvanecido; todo el universo era tinieblas.

George Gordon

Monday, September 03, 2007

el olvido..

¿Y si muero? ¡Que! No es mas que una caprichosa lagrima sobre la lapida, es la canina del caballo mas fuerte del mundo.

¿Y si muero? ¡Que! No es de esperar...pero si la llama entre el externon se apaga, no será culpa de nadie, solo la suerte de un pobre caballo entre el ciento de septiembre que arranca cabellos, pieles y despierta acariciando suavemente el sentimiento de volar.

Vuela y encuentra que solo eres un caballo, y si yo no tengo alas es porque no lo quiso así el ciento.

¿Y si muero? ¡Que! Un trueno que rompe un silencio perfecto para amar. Son las pobres almas sin alas, las que volaran hacia el olvido, desesperación en un ahogado grito a lomos de una pluma que escribe sola.

Solo me dejo llevar pos unos hilos que me arrogan a la esquizofrenia. O no es enfermedad, es que ya no abra nuevo día, caprichoso amanecer que desprende alas de fuego y sangre donde antes veía amistades y el amor.

No es que me asuste sentir el sentimiento mas grande del mundo, solo se acelera el corazón porque alguna vez anduviste por los infiernos mas cercanos, solo porque me pasaste rozando sin cuidado, despertó la bestia en mi interior.